MI VIENTRE HA SIDO CUEVA

DE BELLÍSIMOS ANIMALES

Lo salvaje, Vega Cerezo.
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 Poema del mes 

LA CASA DEL ÁRBOL

 

La única religión que he sabido explicarle a mis hijos

tiene por reino un árbol frondoso, algo de cuerda

y buena madera.

 

En la oscuridad del cuarto, cuando la noche convoca

los miedos de Iván para Iván, la cama es útero

y es cueva que crea y cura

la angustia que nos cobija,

Aturdido y erizado, pega su lomo a mi pecho y yo

aspiro su dulce olor animal.

Lo aspiro con ansia, como el depredador que olfatea enloquecido

un rastro, ése hilo pegajoso e invisible que ata su hocico

a la tierra y lo arrastra -sin tregua- hasta el hallazgo.

Así te respiro.

 

En esa intimidad construimos con pericia la casa

que nos salvará del desastre,

porque no hay cura si antes no hubo herida.

Escogemos el ramal que sostendrá el suelo, las poleas

que elevarán los frutos, el agua, la caza; todo el sustento.

Inventamos la escalera que nos acercará a la tierra.

Edificamos hasta que el sueño nos vence y el terror

se disipa y vuelve al padre del terror que lo guardará

hasta la noche de mañana, y la de pasado mañana,

y la del día siguiente a pasado mañana.

Es su forma de castigar nuestra soberbia por vivir.

 

No es mucho lo que les dejo.

Una casa en un árbol que apenas soporta

la embestida del día. Obligados a elevar un reino caduco

que solo alcanza a temperar su miedo a lo oscuro.

Mis criaturas salvajes olfateando el hilo pegajoso de un rastro de luz [invisible y falaz

que doblegará sus hocicos a la tierra en espera del macabro hallazgo.

 

No es mucho, lo sé,

pero es la única religión que he sabido explicarle a mis hijos.

Todo lo que no es selva, es muerte.

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